Restaurantes definitivos (1). ESTER
-"Si, soy Roberto. Mucho gusto, Ester. Encantado, Joaquín".
(Hagamos una elipse en el tiempo).
Dos horas más tarde, Ester y yo estamos mirando el horizonte mientras tomamos café. Estamos en silencio y esperamos la cuenta. Joaquín cogió apresuradamente el avión que le estará dejando en este momento en el aeropuerto Tegel, de Berlín, de donde había llegado esta misma mañana.
Hemos hablado mucho mientras comíamos. Un exquisito bogavante con arroz, que ella sugirió sabiamente al principio, un vino blanco delicioso, pero, sobre todo, la conversación sosegada, sincera, profunda, sin subterfugios de primer día, ni innecesarios recovecos intelectuales, han obrado en muy poco tiempo el pequeño milagro de la naciente amistad, de la familiaridad sin formalismos absurdos. Seguramente esto está ocurriendo ahora mismo en muchos lugares del mundo, incluso de esta misma ciudad que nos sonríe ahora con el más benigno y hospitalario de sus climas, y no merece, por tanto, la consideración de noticia relevante.
Al poco, la dejo en su hotel y continúo hacia el mío en un taxi que sube hacia la parte alta de la ciudad. Todo acordado, todo claro. Un placer. El teléfono, las cartas, el correo electrónico, sus visitas esporádicas a mi ciudad, que fue la de su compañero, y algún viaje a Alemania por mi parte, prolongarán esta comida y esta nueva relación.
A mí todo esto, en su pequeñez, en su insignificancia, me parece un milagro. El pequeño/gran milagro de las relaciones humanas, planteadas desde la racionalidad, desde el buen rollo, limpiamente.
Pero bueno, Paul Auster ha escrito de estas cosas mucho mejor que yo.
Quedo con una persona en el Hotel Arts, de Barcelona. Se llama Ester y no nos conocemos personalmente. Sólo es una voz al teléfono que días antes me llamó desde Alemania por razones de trabajo. Está acompañada por Joaquín, un hombre de acción, como diría Pío Baroja, alemán de nacimiento pero de origen español, que me recuerda físicamente a otro amigo, también hombre de acción, mi querido Erik, curiosamente holandés, pero afincado para siempre en Sevilla. Oigo perfectamente al entrar en el bar del hotel que ella le susurra refiriéndose a mí: "¿Será éste, Roberto Zucco…?".
eres un exhibicionista gastroturistico, y por lo que veo, no ocasional:continuará...¿en alemania?Aqui estamos un grupo de curiosos impenitentes hambrientos de sensaciones ajenas nutritivas,y con ganas de participar en tus digestiones viajeras y compañías itinerantes
Publicado por: zipi | febrero 11, 2005 at 08:05 p.m.
Me da la sensación, y ahí disiento de Iván, que la ausencia, imagino que consciente, de una presencia explícita del término espontainedad en tu relato indica que compartimos una visión similar sobre las relaciones humanas, y es que éstas son siempre premeditadas.
Uno elige o muestra pese a su voluntad la imagen que vestirá cada día, cada momento, con cada persona, y que jamás será espontánea. Incluso la ausencia de máscara no es sino una faceta más del poliédrico rostro que posee cada ser humano.
Empatía, amistad, deseo, fluidez, sinceridad, calidez..., califiquemos como queramos a las relaciones humanas, pero jamás son espontáneas: si la espontaneidad es voluntaria y elegida es en el fondo una negación de sí misma, una pose más.
Por supuesto, son magnitudes distintas, nada de lo dicho influye en esa íntima satisfacción casi adictiva que produce la sorpresiva felicidad compartida con una persona que sabes especial.
Un abrazo.
Publicado por: yambra | febrero 11, 2005 at 10:42 a.m.
¡Que agradable es poder pasar un día tan tranquilo y en buena compañía!
Espero que la relación se consolide.
Besos
Publicado por: Anuski | febrero 10, 2005 at 11:34 p.m.
Qué prosa tan fluida y agradecible, Roberto. Con respecto al tema, la espontaneidad de las (buenas) relaciones interpersonales: magia pura.
¡Este blog me viene muy bien!
Publicado por: Iván Francisco Sierra | febrero 10, 2005 at 11:11 a.m.